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Carta del Director Espiritual

 

Queridos hermanos y hermanas en Cristo: ¡un saludo virtual!

Menuda época nos ha tocado vivir. Sí: es verdad que todo tiempo vivido se convierte en encrucijada, y que toda generación tiene la impresión de encontrarse al borde de un mundo nuevo o enfilando el final de los tiempos. Sin embargo, no cabe duda de que, como el Papa Francisco nos ha repetido en multitud de ocasiones, no nos encontramos en una época de cambios, sino en un cambio de época.

Y aquí estamos, todavía tratando de superar una pandemia impensable hace un lustro para una sociedad endiosada que creía, nuevamente, que el progreso era un proceso ad infinitum y que la ciencia y la tecnología nos iban a salvar. Pues no. La naturaleza nos ha mostrado, nuevamente, que la vida es un misterio insondable, con toda la crudeza, tragedia, hermosura y trascendencia que se encierran en esta afirmación.

Como director espiritual os invito a mirar a nuestras imágenes titulares. Porque en ellas, que hacen referencia clara a lo más oscuro de este misterio, la muerte y la soledad del sepulcro, vemos reflejada toda la vida de nuestro Señor, Jesucristo, y la de su Madre, María. Y eso es precisamente lo que puede henchir de esperanza nuestro corazón.

Los ojos de Nuestra Señora de la Soledad reflejan el corazón de aquella joven que, sin tener ni idea de lo que le esperaba, se arriesgó a decir «aquí está la esclava del Señor: hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 38), y que luego pasó por mil aventuras para llegar a este instante, en el que acoge la soledad de toda la humanidad y la convierte en esperanza que se abrirá en alegría al tercer amanecer, ante la mejor noticia de toda la historia: su hijo, el Hijo, nuestro Señor había vencido a la muerte.

¿Y qué decir del Santo Traslado de Jesús al sepulcro? Es, sin duda, una de las paradojas más impresionantes del Evangelio. Allí no estaba ninguno de los doce apóstoles, que habían compartido su vida pública pero que fueron incapaces de resistir su muerte. María la Magdalena, María la de Cleofás, Stephanus, Nicodemo, Salomé y José de Arimatea. Seis personajes que nos representan a todos, unidos en el momento más duro de la historia, trasladando el cuerpo sin vida del que les ha dado una vida nueva, acompañando la muerte del que había venido a salvarlos. En los ojos entrecerrados del Señor están las miradas de todas las víctimas de la historia; en sus heridas abiertas resuena aquel «En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25, 40).

José Manuel Llamas Fortes